Todo lo que parece y no

‘Es una venganza de la historia en nosotros, los igualitaristas, que también tengamos que vérnoslas con la obligación de distinguir’, Sloterdijk , “El desprecio de las masas” (2002)

hellokittyman1

Siempre he creído en el ejercicio de sensatez que significa alejarse de todo comportamiento que venga refrendado por una masa crítica que lo legitima y lo  eleva a la categoría de cultura, de lo que puede entenderse como cultura de masas.

La masa trata de engullirnos y anular nuestra diferencia real o potencial. Especialmente cuando con el reconocimiento de la diferencia tratamos de ser mejores personas, de buscar otros ideales, de acercarnos a otras escalas, a otras referencias que nos aproximen a una sociedad más justa, diversa y equilibrada. Creo que dejarse engullir por la cultura de masas no es malo ni bueno. Tan sólo que puede hacernos mortalmente indiferentes.

Este argumento que esgrimo puede comprenderse en el contexto de cinismo generalizado del que se alimenta la cultura de masas de este siglo que ha empezado emergiendo de una cloaca globalizada por la que sumían el dinero y la vida que creíamos vida (Bauman dixit)

El cinismo ha igualado a la masa. Introduce en sus integrantes el suero de una verdad que impide reconocer LA mentira. De esta forma la mentira y la verdad terminan eclipsadas por la práctica de una fe en el comportamiento general que sublima la mayoría y convierte en excepción al diferente.

Sloterdijk, filósofo alemán con una mala leche que deja Zizek para el club de la comedia, dice, también,que la relación “que se inculca a los hombres hacia sus propios excrementos suministra el modelo de relación que existe para con todas las basuras de la vida”

Quizá esto explique por qué escondemos lo que está mal , lo que moralo éticamente es inaceptable. O por qué somos capaces de separar de nuestra conciencia de aquello que nos ensucia el comportamiento.

En este contexto al que me remito me pregunto, ¿Cómo sobrevive entonces la lucha por la igualdad en la “cultura cínica de masas” si como dice el propio Sloterdijk : su dogma determina que sólo nos podemos distinguir de los demás bajo la condición de que nuestros modos de distinguirnos no supongan ninguna distinción real

A menudo observo como las mujeres y los hombres que aspiran a posiciones de relevancia política y social, en nombre de la igualdad y del progreso, batallan consigo mismas/os , tratando de disuadir a la persona-cínica-masa que llevan dentro para que emerja la persona-diferente a la que, en nombre de la igualdad, aspiran ser.

Pero lo que más veces constato es como el miedo ejerce sobre ellas y ellos la presión de la indiferencia general y les relega al cobijo de la cultura del cinismo de masas, donde cualquier actitud contraria a sus valores o a su pensamiento tiene cabida sin mayor recelo.

Y descubro como acaban ahogando su rebeldía y borrando su marca personal para entrar en la categoría de lo “peculiar”.

Pasan a ser un punto en la sucesión de puntos que integra la línea horizontal que dibuja la sociedad en su conjunto, donde no hay jerarquías, donde la única diferencia posible es la de parecerte al otro .

Cuando esto sucede el cínico multiplica sus posibilidades de tomar el relevo y  así escalar rápidamente posiciones en los partidos políticos, en los gobiernos y en el mismo barrio, gracias a ese perfil de “melancólico capaz” y de hábil recolector de basura moral.

A estas alturas del relato que les propongo diré que creo en el diferente sea Hombre o Mujer.

Creo en las personas capaces de distinguir una situación injusta y rebelarse ante ella para anotar, con ello, otro fracaso a la masa que “culturalmente” la tolera.

Creo en el diferente que valora la inteligencia, la sabiduría , la experiencia y la capacidad del otro simplemente porque la consciencia de su misma posición de partida le lleva a querer ser mejor.

Creo en el diferente que aprecia el deber hacia el otro frente a la tolerancia parasitaria de la masa que desprecia la norma y la vocación de servicio.

Creo, como dice Sloterdijk ,que la sociedad ,en general debe reconocer su miseria si quiere renovarse, aprendiendo para ello del movimiento ecologista , el único que ha sacado a la luz toda la mierda que hemos acumulado en el planeta, con la única intención de salvarlo.

Y creo que la cuestión de la igualdad pasa por asumir que somos diferentes y por lo tanto aspirantes a ser mejores, por derecho.

Sólo así el miedo, ese que nos hacen tan vulnerables y disidentes, dejará de ser arma con la que la masa  apunta para hacernos creer que, pese a nuestra seguridad en lo contrario, todo sigue siendo, todavía, como parece.



2 thoughts on “Todo lo que parece y no

  1. Casi como quien sigue su propia pauta (la de tu post previo), aquí amplías notablemente el abanico teórico en la estela del marxismo. La cultura de masas o, correlativamente, “la industria cultural”, como la llamaba Adorno y mi primo nominal Horkheimer, es uno de esos aparatos anuladores de diferencia, al amparo de la perpetua “innovación” en sus productos, propuesta dentro del marco de un modelo formulaico, inherentemente repetitivo. Acaso la indiferencia de la que hablas sea otro nombre para eso que Marcuse llamase la “uni-dimensionalidad”—ese riesgo totalitario que surge (desde el no-tan-libre mercado) en sociedades democráticas.

    Ese cinismo y esa verdad igualizante, es la “hegemonía”—como diría Antonio Gramsci (otro nombre para este who’s who marxista que delineo). En ese sentido, esa ilusión de la distinción (una distinción insustancial), sigue la misma lógica que la industria cultural, igualmente manufacturada desde los mass media. No sorprende que en la política ocurra lo mismo, convertida en un campo en donde las contiendas ideológicas son sustituidas por concursos de popularidad. De ahí el apego por la “peculiaridad”, llámese el sello de marca: self-branding.

    El espacio para la diferencia es uno de los marcadores de libertad. Como decía Rosa Luxemburgo (infaltable en un panteón comunista que se precie): “la libertad es siempre la libertad de los disidentes”. Pero con frecuencia, es la “excentricidad” la que se pretende hacer pasar por “disidencia”, con miras a hacer pasar la libertad-de-mercado por un espacio de libertad política y de pensamiento.

    Eso sí, debo decir que no estoy seguro que las personas, en líneas generales, sean aspirantes a ser mejores. Es un derecho, sin duda, pero uno que muy pocos ejercen. Sin embargo, sí creo que las personas aspiran a que las otras personas sean mejores, pues, a fin de cuentas, el esfuerzo es algo que siempre se espera del otro.

    La complicación estriba en que en este escenario, incluso eso tiene sus límites, pues ello sólo resultará aceptable siempre y cuando ese “mejor” no sea “demasiado mejor”. A nadie le gusta que le expongan sus miserias y a veces parece que esa será la norma, aún así requiera decir que se está nadando en un mar del paraíso cuando en realidad lo que se hace es chapotear en el fango.

    Besos. Postmarxistas, claro.

  2. Aunque parezca cruel, el igualitarismo no constituirá nunca la elección de una mente inteligente. La naturaleza y sus leyes no son igualitarias y los humanos no podemos mantenernos al margen de dichas leyes. Yo jamás podría permitir que un analfabeto -y menos una masa de analfabetos- decidiera nada por mí: sería injusto tanto para mí como para ellos. La masa no decide nunca nada en realidad, aunque se le haga creer que sí. El problema se da cuando quienes deciden por todos no están capacitados para hacerlo sabiamente, y casi nunca lo están. He ahí la falla principal del sistema como unidad de funcionamiento. En esto me remito a Winston, el protagonista de 1984, de Orwell: “Odio al Gran Hermano, odio al Gran hermano…” lo repite una y otra vez como una letanía. La disidencia puede ser un gesto que quizás sea comprendido por las mentes sensibles -que son las menos- pero no merece la pena esforzarse con la chusma para nada, cada uno tiene lo que se merece.
    Besos.

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