Una relación desigual



Hoy sábado debía estar en Aguimes, en Las Palmas de Gran Canaria, en el Foro de Innovación y Mujer que la Asociación “Aequitas” organiza cada año y al que me invitan desde hace tres.

Pero me ha sido imposible estar ahí con ustedes. Y espero que me disculpéis. Es la primera vez en mi vida que debo confesar que estoy cansada de hablar de igualdad. Y no es porque haya disminuido mi compromiso con las políticas de igualdad. No es por una cuestión que pudiera explicar sobre la base de mi relación política con el asunto de la Igualdad. Se acerca más a la parte íntima, personal, digamos privada de mi relación con este asunto donde el trato con las políticas de igualdad me genera desigualdad, más desigualdad, entendida como alejamiento del poder que como mujer y ciudadana legítimamente tengo derecho tomar. La Igualdad no sólo cuesta. Duele.

Las políticas de Igualdad como el resto de las políticas que marcan y dirigen nuestras vidas se sustentan en un frágil marco de relaciones de poder, donde algunas pueden ser realmente activas, es decir, transformadoras y multiplicadoras y otras se quedan en meros compendios de grandes valores testimoniales, es decir, metaplanteamientos de lo que quiséramos ser y de lo que habría que hacer para lograrlo, aplazando siempre nuestras decisiones hacia otro futuro incierto. Las políticas de igualdad, si no lo remediamos, van camino de convertirse en el testimonio de “lo que pudo haber sido”. Me temo que las políticas de Igualdad están de nuevo relegándose a la búsqueda de soluciones dependientes de la sensibilidad particular del contexto social y electoral: dependen de un estado de opinión general sobre el tema más que de una convicción política. Parecen fijarse, nuevamente, en problemas que competen sólo a una parte de la sociedad, esto es, a las mujeres como colectivo en lugar de responder a una visión de conjunto social, más realista y acorde a los tiempos: la igualdad considerada como reguladora en términos de justicia de las relaciones sociales y económicas entre las personas.

Mi relación desigual con la igualdad me genera desesperación, dudas e incertidumbre. El discurso de la Igualdad sólo me sirve en los foros donde todas las feministas nos sentimos iguales. Soy feliz cuando me encuentro en un grupo de mujeres organizadas, como vosotras, (aquellas mujeres que las organiza el pensamiento y los valores y, a  veces, el desencanto) pero por momentos me  siento vapuleada en el terreno laboral, familiar y personal. Sí. En mi relación desigual con la Igualdad me siento como ese ex-toxicómano que es feliz en su grupo de terapia,mientras se reconoce entre sus “iguales” pero que se siente infinitamente extraño cuando sale del mismo para relacionarse en sociedad, como si se tratase de “otros”.

Me gustaba oir a las mujeres hablar de conciliación familiar pero reconozco que mi hijo ya es grande y ahora mis problemas son otros, o de la guardia y custodia compartida como máxima expresión del alcance real de la igualdad entre hombres y mujeres. Mi problema es ahora más profundo que una cuestión de horarios compatibles con la productividad laboral y la vida reproductiva y social. Eso finalmente lo impondrá el mercado. Lo que no impondrá el mercado, ni estas políticas que tenemos, será el respeto como la base de la co-educación.

También me gustaba oir a las mujeres heridas después de estamparse contra el “techo de cristal” (el límite de desarrollo profesional definido por el patriarcado). Admiraba su valentía y trataba de anotar todos los errores que ellas reconocían haber cometido para no repetirlos. Pero resulta que  ahora son más las mujeres que me encuentro al borde del “precipicio de cristal” (mujeres empujadas por hombres a asumir la gestión de misiones destinadas al fracaso), abocadas a la certidumbre  que provoca la consciencia de saber que el poder que  apenas ejercieron les fue prestado a un tipo de interés muy alto, especialmente personal. Desaparecieron de mi entorno aquellas mujeres cuyas meteóricas carreras estaban rompiendo esquemas y barreras, alcanzando por sí mismas el prestigio que se esconde entre puertas, despachos y titulares.

Mantengo una relación desigual con la igualdad porque los principios que la sustentan siempre son los finales de la lista de los que tiene el poder.

Y yo quiero estar en el primer lugar de mi lista de atenciones.

¿Quieren ustedes acompañarme en decirnos que ?

 

 

One thought on “Una relación desigual

  1. Cuando paseamos por ahí los fines de semana, siempre nos llama la atención los pocos padres que en ese momento juegan o están con sus hijos.El 90% son madres y/o abuel@s…e inevitablemente surge la pregunta…¿dónde están? ¿Trabajando? Mmmm…¿todos los fines de semana? No, no…a saber: en su partido, echando la partida, con sus amigos, con sus aficiones…
    Y pienso que un gran porcentaje de ese 90% son cómplices por consentir (y por resignarse a no compartir esos raticos). Y que un grandísimo porcentaje defiende la igualdad en foros, congresos, tertulias…
    El día que tengamos hijos quiero ser del 10%.A ver si poco a poco dejamos de ser y pensar para,simplemente,hacer.

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