Más RSE es Más Negociación Colectiva, más igualdad

La Responsabilidad Social de las empresas (RSE) es un paradigma de competitividad  empresarial que busca la creación de valor sostenible para las personas y el planeta. Por lo tanto, supone la integración de compromisos mesurables para evitar que las acciones de la empresa tengan un impacto negativo en la sociedad y su entorno.

Desde la publicación del “Libro Verde para la RSE” en 2001 por la Comisión europea, los estados miembros de la UE han realizado avances con mayor o menor acierto en la promoción de este concepto. España también ha aportado iniciativas al respecto, algunas de gran calado institucional como ha sido la constitución del Consejo Estatal de la RSE y otras de relativa trascendencia política y económica, como ha sido su incorporación como línea de actuación a desarrollar en el marco del Diálogo Social.

Sin embargo, la trasferencia de lo que en principio son compromisos voluntarios en RSE a la negociación colectiva y, por tanto, su transformación en compromisos de obligado cumplimiento legal, sigue siendo un proceso difuminado por las complejas relaciones de nuestro mercado laboral, hoy fuertemente sacudido por la crisis y por el escepticismo de una parte de la ciudadanía, el optimismo de los empresarios y el pesimismo de los sindicatos ante la reciente reforma laboral.

La reforma ha provocado además un debate peligroso para éste ya peligroso escenario de crisis económica en el que nos encontramos, con el que se pretende cuestionar la representatividad legítima de los sindicatos como necesarios interlocutores y negociadores de las relaciones laborales. Un debate útil para aquellos que relegan el problema de la competitividad española a los costes de producción, energéticos y salariales, pero de riesgo para un país como el nuestro que así parece avanzar en la Estrategia 2020 europea hacia estándares de modelos productivos y sociales más propios de China que de Noruega o Suecia.

Con todo, una empresa socialmente responsable mantendrá, por principio, el  diálogo con sus trabajadores/as, básicamente porque querrá mantener un clima laboral favorable que repercuta en la productividad de sus empleados y empleadas para mejorar así su competitividad. Se supone que evitará eso que el Nobel de Economía Gary Becker denominaba “Gusto por la Discriminación” con el fin de retener el talento, de contar con los y las mejores y de proveerles de la formación necesaria para mantener indicadores altos de innovación.

Desgraciadamente todavía seguimos esperando a que esta lógica empresarial rompa con los estereotipos culturales sobre los roles de género y fomente la incorporación y promoción de las mujeres en la empresa.

Las mujeres, que entre otros records ostentamos el de ser más del 50% del total de  egresados universitarios en España, no podemos seguir soportando brechas salariales de entre el 15 y el 20% en nuestro país. No solo no es competitivo ni  serio, sino que por encima de todo no es justo.

La RSE puede fortalecer la negociación colectiva siempre que los compromisos voluntarios se transformen en derechos exigibles, aunque la norma, por si misma, tampoco acabe con las discriminaciones en materia de Igualdad. Por ejemplo, en el ámbito de la conciliación familiar y laboral, y a pesar de los avances legislativos en España, sigue siendo necesario fomentar entre el personal masculino el uso de los permisos por cuidados, que mayoritariamente siguen siendo solicitados por mujeres.

La tendencia por la racionalización de los horarios laborales hacia estándares Europeos, donde el sector público puede ejercer un papel protagónico para su implementación, es otro ámbito donde los sindicatos, vía negociación colectiva, pueden aportar propuestas viables para conciliar las necesidades ciudadanas y  empresariales con los derechos consolidados del funcionariado.

Para solucionar éste y otros problemas sociales  las empresas no pueden permitirse desperdiciar  el conocimiento y la experiencia sindical en materia de relaciones y diálogo laboral.

El reto de los sindicatos para asentar su contribución a la mejora de la competitividad de nuestro país es seguir demostrando que son agentes insustituibles en cualquier proceso de innovación abierta donde el diálogo es eje vertebrador de una mejora en los procesos productivos y de gestión. Innovaciones  encaminadas obviamente a la mejora económica pero que, desde el enfoque RSE, necesariamente tienen que contribuir a una mejora de la igualdad y repercutir en una distribución justa de responsabilidades y retribuciones en la sociedad.

Sin duda un reto compartido como todo acto de Responsabilidad Social.

Ana Gómez Narváez

Es Economista y  Directora de ADRO–Asociación para la Dirección Responsable de las Organizaciones.

 

 

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