Señora, mantenga la pose

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La mujer 1 habla con un café en la mano y el corazón indignado en la otra. A las puertas del colegio una mamá acaba de repartir 22 tarjetas de invitación de cumpleaños a otros tantos niños y niñas de una clase de 26 que la homenajeada comparte con su hijo. Todos y todas tienen 5 años. Su hijo y tres más han contemplado la escena desde la fila del patio. Ninguno de los 4 habían sido invitados.

Cuenta que ha llamado uno a una a cada niño y niña por su nombre, en alto, para que su niñita corriera diligente y orgullosa a entregar la tarjeta  de invitación  al papá o a la mamá de su compañero/a que esperaba también en la entrada. Teme qué le puede preguntar su hijo a la salida sobre  por qué él no ha sido invitado.

“Ella está en su derecho de invitar a quien quiera”-me dice-. “¡Pero no de esa manera!”.

Las relaciones sociales advierten el mecanismo simple del oprimido y del opresor en la marginación y la exclusión. En este caso, el de una opresora y de sus marginados, exactamente cuatro, preguntándose quietos y educados en su fila, qué hay qué hacer o tener para ser elegido como invitado en el “cumple” de la heredera.

La mujer 2  está triste.

Siente que  su hijo busca siempre la aceptación del grupo y del profesor lo que le genera un profundo desencanto. El pequeño piensa que nunca está a la altura de sus escasos 8 años. ¡Claro! si el pobre se compara con el profesor que tiene 5 veces más.

Me explica  que no entiende por qué, si su hijo tiene grandes cualidades para la música o para las artes, nunca es elegido por el profesor  para  protagonizar alguno de los eventos festivos del colegio. En cambio, si le reconoce todo en lo que NO destaca. Y se encarga de recordárselo con insistencia a su madre, que como la mujer 1 y muchas mujeres en este país educa en solitario a sus hijos e hijas.

Es evidente que su hijo sufre. Ella, también. “El profesor a quien no traga  es a mi”- comenta- “Lo sé desde el principio”.  “No soy una madre del grupo

En la escena 3, es un día cualquiera de un colegio cualquiera, donde la espectadora, yo, identifica a un grupo de madres con el tampón del marcador social  sellando la pertenencia a la “comunidad” de los niños y  las niñas y con ellos la de sus madres y de sus padres. O viceversa.  Porque lo que puede estar sucediendo es que a quienes estén marcando primero sea a éstos, especialmente a las madres. Y que con el mismo determinismo con que se marca al ganado estén decidiendo quiénes si y quiénes  NO son aptas para la “comunidad”, “su comunidad”.

Quizá si ellas saberlo o ser conscientes de estar haciéndolo, estas mujeres estén construyendo una “comunidad” de afectos y desafectos profundamente influenciada por los estereotipos de género  que se mantiene gracias a la concepción de la familia “tradicional”.

En su “comunidad” de familias tradicionales todo está en orden porque no hay incertidumbre como en el trabajo o en la pareja: todas saben lo que hay que esperar de los niños y de las niñas. Y de sus madres.

Esta crisis económica mantiene a muchas mujeres en sus casas. Por obligación o decisión  propia. Otras, por necesidad, han vuelto al mercado de trabajo y sobreviven a horarios  laborales descarnados. La conciliación familiar y personal se ha convertido para ellas en un ajuste permanente de cuentas con sus propias vidas.

A la espectadora le preocupa que cada vez más mujeres se estén sumando a este grupo  de mujeres perfectamente integradas en la vida escolar (que no de la escuela, la académica, me refiero a esa del café después de las 9 en el bar de al lado del colegio, la del regalo en grupo a la seño cada fin de curso… ya saben.).

Mujeres de su casa y  barrio, de la cofradía y  de la peña con sus misses y sus fiestas.

Mujeres buscando un significado que atribuir a la realidad  que se ha puesto de su parte para apartarlas de sus sueños y acomodarlas en el bonito mundo de las expectativas. Pero no de las suyas.

La mujer 1  marcha decidida a  increpar a la madre de la nueva Little MissSunshine.

La mujer 2  me pregunta cuál es la clase de primaria que se perdieron las divorciadas pobres.

Mientras las respuestas buscan su recorrido neuronal, la espectadora ve caer otra tormenta de “caspa “ sobre la ciudad.

Entonces interrumpe la disertación y se refugia, de nuevo, en la literatura y en la política del amor. Esa que, en la huida interior, revela el más dulce de todos los afectos hacia ella misma.

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