La corrupción en un país decente

La corrupción no puede ser tomada como el mal endémico de un país. Simplemente porque nos contagia y nos señala a todo un pueblo como el Prestige marcó en negro las costas azules del Cantábrico.
Y eso fue lo que hizo Rosa Díez pattiesta semana  en el Congreso: comparar la corrupción con el ébola una enfermedad que va camino de convertirse en endémica para un país como Liberia y para un continente como el africano.
Flaco favor. Claro que si atendemos a que no se invierte en los medios para frenar el contagio, en uno y otro caso, la enfermedad es inevitable.
Algo es claro en este asunto de la corrupción: la indignación ciudadana alimentada por una dirigida (y, en ocasiones, necesaria) crispación mediática impide a la ciudadanía pensar con objetividad sobre ciertos hechos.
Me refiero, en concreto, a algunos.
Lamentablemente hoy parece casi imposible evitar que, en cualquier organización decente, aparezcan ovejas negras y con ellas los casos de corrupción. Parece inevitable pero es controlable, como el ébola hasta que aparezca la vacuna.
Las organizaciones pueden y deben tener códigos éticos que atiendan con mano firme los casos y sus consecuencias.
Otro asunto es cuando la corrupción se convierte en “estructural” y en “modus operandi”.
Cuando un Presidente de gobierno como Aznar cobra comisiones por utilizar su influencia y experiencia como Jefe de Gobierno para que una empresa española consiguiera contratos en Libia  (ojo también corrupta porque entra en el juego, hacen falta dos para el tango) marca una tendencia en el comportamiento, desde luego nada ética, que puede contagiarse en la organización política y convertirse en estructural.
A mi todo este asunto de Aznar me recuerda mucho a cómo funciona la mafia. En la mafia no hay ovejas blancas con alguna inevitablemente negra. Si fuera así sería una organización decente con el mismo riesgo de corrupción que otras organizaciones decentes.
Creo que debemos reflexionar seria y críticamente sobre este hecho y explicarlo a la ciudadanía. No hay corruptos más o menos enriquecidos gracias al juego sucio. Ni corruptos más cultos o menos según en qué gastaron el crédito de las tarjetas opacas.
Simplemente hay inevitables corruptos en organizaciones mayoritariamente decentes o no.

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